jueves, 9 de julio de 2009

Tergiversa que algo queda...

Algunas conspicuas damas, convertidas en las Thelma y Louise del progresismo pepero, han leído – a saber como - las declaraciones del Papa sobre el sida, que tanto revuelo han provocado entre los que ostentan criterios similares en todos los partidos, incluido el suyo. De resultas de dicha lectura decidieron, sin más, recusar a su autor, si bien, no especificaron bajo que premisas: si en su condición de Jefe de Estado o como Guía espiritual de centenares de millones de católicos. A continuación incluyo el texto íntegro, extraído de un medio de ámbito nacional. El dialogo, en el transcurso de una rueda de prensa informal, entre el Papa y un periodista, ocurrió en el avión que les transportaba a Camerún para su viaje pastoral a África, cuando éste le preguntó sobre la postura de la Iglesia para frenar el sida. Esto es lo que ocurrió:
Pregunta: Santidad, entre los muchos males que afligen a África está, en particular, el de la difusión del sida. La postura de la Iglesia Católica sobre el modo de luchar contra él es considerada a menudo no realista ni eficaz. ¿Usted afrontará este tema durante el viaje? Querido Santo Padre, ¿le sería posible responder en francés a esta pregunta?
El Papa: Yo diría lo contrario: pienso que la realidad más eficiente, más presente en el frente de la lucha contra el sida es precisamente la Iglesia católica, con sus movimientos, con sus diversas realidades. Pienso en la comunidad de San Egidio, que hace tanto, visible e invisiblemente, en la lucha contra el sida, en los camilos, en todas las monjas que están a disposición de los enfermos... Diría que no se puede superar el problema del sida sólo con eslóganes publicitarios. Si no está el alma, si no se ayuda a los africanos, no se puede solucionar este flagelo sólo distribuyendo profilácticos: al contrario, existe el riesgo de aumentar el problema. La solución puede encontrarse sólo en un doble empeño: el primero, una humanización de la sexualidad, es decir, una renovación espiritual y humana que traiga consigo una nueva forma de comportarse el uno con el otro, y segundo, una verdadera amistad también y sobre todo hacia las personas que sufren, la disponibilidad, incluso con sacrificios, con renuncias personales, a estar con los que sufren. Y estos son factores que ayudan y que traen progresos visibles. Por tanto, diría, esta doble fuerza nuestra de renovar al hombre interiormente, de dar fuerza espiritual y humana para un comportamiento justo hacia el propio cuerpo y hacia el prójimo, y esta capacidad de sufrir con los que sufren, de permanecer en los momentos de prueba. Me parece que ésta es la respuesta correcta, y que la Iglesia hace esto y ofrece así una contribución grandísima e importante. Damos las gracias a todos los que lo hacen.
Y bien, sobre todo ello, ni quito ni pongo rey – que diría un célebre condotiero – pero si me pregunto: de ser cierto lo transcrito, salvo que alguien demuestre lo contrario, que palabra, frase o concepto contenidos en la respuesta papal entra en conflicto con la realidad del VIH y su funesta acción sobre importantes sectores de la población mundial, especialmente en África. O que parte de ésta respuesta es la no entienden algunos conspicuos representantes camerales, laicos, no laicos, creyentes o agnósticos, iluminados o inmersos en sociedades de naturaleza ocultista. Aquí cabría aquello de que cada cual puede hacer de su capa un sayo, pero sin tratar de inducir a error o equívocos al personal, tendencia esta por la que parecen mostrar una cierta predilección, por aquello: de tergiversa que algo queda. P.D. En una próxima ocasión, tal vez hagan unas reflexiones personales acerca del feto de 13 semanas y su adscripción o no al género humano.

Verdades incomodas

El cineasta Woody Allen dijo en cierta ocasión: “Me preocupa el futuro; al fin y al cabo, voy a pasar el resto de mi vida en el”. Yo también me hago partícipe de dicha preocupación, máxime teniendo en cuenta el mundo en que vivimos, quienes lo gobiernan y sus carencias, tras todo lo cual se encuentran lo que podríamos llamar “verdades incómodas”, producto de sus tejemanejes en los diversos campos de sus competencias. Es una perspectiva francamente preocupante, y lo que es peor, sin el menor atisbo de mejoría, al menos en un grado aceptable y dentro de un margen de tiempo razonable.
Las verdades incómodas a las que me refiero, haberlas, háylas, pero la mayoría de ellas permanecen ocultas tras las espesas cortinas de humo que se encargas de generar aquellos a quienes incomodan y que son los responsables directos de su existencia. Su origen está, mayormente, en los entresijos de los poderes político y económico; entre los bastidores de instituciones públicas o privadas y, de preferencia, en las cloacas del estado.
Pero, como decía Marx – Carlos, no Groucho –la verdad es testaruda; nadie escapa a ella por mas trapisondas que se urdan para camuflarla. Tampoco es menos cierto que nadie gobierna enteramente libre de culpabilidad. Así ha sido desde que el primer homínido adoptó la postura erguida para deambular, y así será mientras sus descendientes permanezcan sobre la superficie de este planeta.
Cierto es que a veces la esquiva Fortuna baja un poco la guardia y alguna de estas verdades incomodas - denominación que no es otra cosa que un eufemismo para el escándalo y sus circunstancias conexas - logra superar la espesa capa de secretismo que la envuelve y sale a la luz, para inmediatamente verse asaltada, vapuleada y descalificada o desacreditada por aquellos a quienes señala su dedo acusador, quienes no cejan en sus esfuerzos abyectos hasta conseguir acabar con ella o dejarla tan malparada que acabaría por perder significado e, incluso, desvanecerse… por el momento. Así ha venido ocurriendo abiertamente en los grandes totalitarismos del siglo XX y XXI, y con más hipocresía y meros virulencia en las democracias actuales. La profusión, calidad y potencia de los actuales medios de masas permiten, afortunadamente, que, trátese de democracias, dictaduras o una mixtura de ambas, sus verdades incomodas, al igual que la mierda, acaben saliendo a flote, lo cual no garantiza, desafortunadamente, que sus causantes tengan que responder ante la Ley o que sus entuertos sean desfacidos con presteza. La inercia del lado oscuro de la fuerza es enorme y las tragaderas del la masa tan amplias como escasa su memoria. Y así, entre unos y otros, nos va luciendo el pelo.